Bloqueo literario

de zapata

“Qué chingados escribo” pensó mientras observaba la pantalla iluminada enmedio de aquel cuarto oscuro. El cursor parpadeaba como burlándose de él.

Y él lo observaba.

Las manos sobre el teclado, inmóviles. La mente viajando por las noticias que había leído en el día, los tuits que se sucedían uno tras otro y las imágenes que a estas horas de la noche llegaban confusas y borrosas. Una gota de sudor le bajaba por la mente y el ambiente parecía más oscuro de lo que era en realidad.

El halo de luz del monitor iluminaba las pocas cosas que había en su escritorio. Un mouse viejo al que le fallaba el click derecho, un teclado gastado en el que la letra a ya no se veía, una taza de café -descafeinado porque el doctor le dijo que necesitaba dormir-, un sandwich a medio comer y en la penumbra se podía distinguir el respaldo de una sillla azul, ergonómicamente creada para dejar caer toda su humanidad mientras él seguía observando detenidamente la pantalla en blanco y el cursor que seguía parpadeando, como un segundero implacable que le recordaba que el tiempo seguía transcurriendo y él seguía sin escribir nada.

“Algo bueno debe haber” se dijo a si mismo mientras con un rápido movimiento de manos desfilaron ante él un montón de pantallas y de artículos en ventanas que pasaban rápidas cuando eran descartadas porque no contenían nada importante. A su vez su cabeza hilaba una historia que podría ser el próximo éxito pero se desmoronaba tan pronto volvía a la pantalla en blanco y el cursor parpadeante.

Pocas cosas podrían hacerlo entrar en pánico. Esta era una de ellas. “No hay más, no hay nada” se dijo mientras revisaba de nuevo todo y veía si podía rescatar algo de aquella última lectura que tanto prometía. El sudor corría ahora por su espalda, lo podía sentir deslizándose mientras el pelo se le pegaba a sus sienes húmedas. “No me puede estar pasando a mi, no ahora”, se levantó.

Después de estirar un poco sus piernas y comprobar que seguían útiles volvió a tomar asiento. Una idea le pasó por la cabeza

De repente ahí estaba, ahí había estado siempre. El cursor empezó a moverse dejando tras de si una estela de letras que poco a poco iban formando las palabras. Un poco más por aquí, y siguió avanzando. “Lo tengo, esto será genial” se dijo.

Terminó de escribir la última frase cuando se dio cuenta de su error: ciento cuarenta y dos caracteres. Trató de reformularlo todo, de cambiar algunas palabras. Nada. Borró todo con violencia mientras el backspace resentía la frustración.

El cursor parpadeaba, como burlándose de él.