Viajes económicos y ‘turismo alternativo’ (?), que le dicen
Este mega puente bicentenario me sirvió para poder viajar, que es uno de mis pasatiempos favoritos después de ver series, tuitear, bloguear, hacer ejercicio y tratar de matar a la gente que critica mis pasatiempos favoritos.
La verdad es que los viajes me han encantado desde siempre, pero esta vez fue el destino y las causas de fuerza mayor (lo que Carstens llamaría ‘un pequeño resfriado’ en mi cartera) lo que hicieron que me tuviera que ir en un viaje cómico mágico musical.
La aventura comenzó cuando compré el boleto unos días antes. Como mi presupuesto era algo ajustado, preferí comprar un boleto en una línea un poco más económica (Omnibus, sigo buscando patrocinadores). Así que me decidí por “Turismo Torres”: un pequeño lugar ubicado en el centro de mi ciudad. Costo del boleto: 200 pesos. El costo de un autobús que saliera de la central: más de 600.
Podrán imaginar mi cara de felicidad cuando salí de comprar mi boleto, el cual me fue vendido por un tipo que, nomas por los LOLs, traía puesto un sombrero mexicanote gigantesco y se me quedó viendo como si el raro fuera yo.
En fin, salí con una gran sonrisa. Se nota que no sabía lo que me esperaba.
Al llegar el día y la hora indicadas le pedí a mi hermano que me llevara. Llegué puntual, así que una hora después de llegar y después de haber preguntado unas ocho veces ‘¿Es el que va a Guadalajara?’ un tipo gordo me señalo a mi y a otro señor y nos preguntó si íbamos a Guadalajara. Le dijimos que sí y nos dijo un escueto “Súbanse a este Taxi”.
Nos miramos con cara de consternación y decidimos que haríamos lo que el tipo gordo de tatuajes diga. Sabia decisión. Después de darle las indicaciones al taxista, el cual traía bota y sombrero y toda la cosa, el gordo no dijo nada más y se fue. El taxi nos dejó en otro punto del centro en donde me esperaba una visión retro: un autobús que parecía salido de los 80′s.
Llegué y salí del taxi, me subí al autobús y una tipa me preguntó quién era y dónde había comprado mi boleto. Muy tarde para arrepentirme le dije y me asigno un lugar casi al final del autobús, del lado del pasillo. mis rodillas literalmente pegaban en el asiento de enfrente.
-Genial- pensé -tan siquiera me dejaron el pasillo y podré estirar los pies, además, estando hasta atrás y sin baño, no me molestará ni la luz ni la gente con vejiga pequeña-
Más adelante veríamos que esto fue un error.
Pero bien, al parecer estábamos esperando más pasajeros, pero al voltear al frente veo que un sombrero sube al autobús. Y debajo de ese sombrero había un taxista emputadísimo. Que gritaba y decía que no le habíamos pagado. Y tenía razón. El gordo había dicho que llegando ahí le pagarían. Pero nadie lo había hecho. Nos señaló y nos dijo una sarta de groserías que sólo podrían salir de la boca de un taxista. Al final no pasó a mayores ya que la que parecía la jefa le dio el dinero que reclamaba.
Después de una escala de 10 min en ese lugar, pasamos como a otros 6 lugares similares por toda la región, en donde íbamos recogiendo más gente. Por lo visto el objetivo era llevar todos los asientos llenos, y se logró.
Al lado mío le toco viajar a un hombre de unos 45 años que se enojó al ver lo estrecho de los lugares y el poco espacio que había con el de enfrente.
-Voy a salir cada vez que nos detengamos, ehhh- me dijo cuando subió y se dio cuenta de que los asiento de 200 pesos no son tan grandes y espaciosos como los de 600.
-No hay problema- le dije mientras lo miraba con unos ojos dignos de Clint Eastwood en Harry el sucio.
Comenzó el viaje entre bebés llorando a mi lado, un niño acostado enmedio del pasillo, el tipo de al lado tirando codazos para “acomodarse” y yo respondiéndole a diestra y siniestra.
Al salir a carretera se pone de pie un un tipo grande, pelón y moreno lleno de tatuajes. “Ya estuvo, me va a matar, es un ex-convicto y quiere venganza” recuerdo que pensé. Pero después de voltear a ver a todos y contarlos, dijo algo como “Deberíamos hacer una oración para llegar sanos y salvos y… blablabla” y se puso a rezar y cantar canciones de iglesia mientras mi cara iba del miedo a la extrañeza total.
Recuperado después de este evento místico-religioso-musical me empiezo a dar cuenta de algo: hace un pinche calor de la fregada.
Y era de esperarse porque veníamos al lado del motor. Sin miedo a equivocarme diría que estábamos a unos 37°C. Y sudaba, y el tipo a mi lado sudaba y daba de codazos y el bebé lloraba de ca versión pirata de Karate Kid 4 (o la que sea, la que tiene a un niño negro) se veía en una pantalla que parecía una tele cualquiera pegada con cinta adhesiva.
Y así bajamos unas 5 veces en el camino. En la segunda de ellas el tipo a mi lado estaba dormido. Como me había dicho que se iba a bajar en todas lo desperté, obviamente. No quería que algo no saliera acorde a sus planes. Bajamos en un lugar del estado de Zacatecas donde había un Oxxo. Y un buen de douchebags mexico-rancheros. De ahí puede ver fuegos artificiales que celebraban el bicentenario.
Volvimos al camión y el viaje siguió hasta un momento en el que a pesar del calor estaba dormido, pero mi sueño fue interrumpido por un ruido sordo y un grito: la pared posterior del camión, que separa el motor de los pasajeros había caído encima de la cabeza de una señora. El calvo orador y otro tipo fueron a ver qué pasaba y trataron de poner el panel que se había desprendido en su lugar sin mucho éxito, lo que hizo que el calor fuera peor y sudáramos más. Pero nos dejaron con la promesa de que lo arreglarían en la próxima parada.
Después de eso la verdad no recuerdo mucho más, traté de dormir y lo conseguí. Lo único que recuerdo es estar a las 5.30 de la mañana llegando a Tonalá, Jalisco y toando un autobús que me llevara al tren ligero. Y pensando que viajes como estos hacen que sonría y me encante viajar económicamente, me cae.








